Lunes, 05 Marzo 2018 12:46

El día que murió Chávez (+video)

Escrito por Esther De la Cruz Castillejo

Las Tunas.- Era la tarde del 5 de marzo. El actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dio al mundo la noticia de la muerte de Hugo Chávez. Lo hizo desde el hospital militar de Caracas. Estaba acompañado por los más cercanos colaboradores del hijo inagotable de Sabaneta de Barinas.

El líder y sus seres queridos habían llegado desde Cuba directamente a ese lugar. Allí, un pueblo entero apostó al milagro y se mantuvo en vigilia permanente en las afueras de la institución médica. Estaban armados de lágrimas, velas, súplicas y rezos, escoltando al Comandante Presidente hasta el minuto final.
Recuerdo muy especialmente el llanto incontrolable de una mujer, de esas que adivinas están curtidas por las penurias de la existencia. Decía con una voz que era grito de querer cambiar al mundo: "Yo estoy aquí, rodilla en tierra Chávez, desde que llegaste. Y no me voy a ir hasta que te vea salir vivo".
Ese 5 de marzo, pasadas las 4:40 pm, se supo que eso ya no sería posible. En Cuba la noticia también nos alcanzó, como un mazazo.
                                                                                 I
Marcos y Leticia habían llegado un poco más temprano del hospital. Se tumbaron en la cama a rumiar el cansancio de las consultas del día, interminables y, más por instinto que por convicción, alcanzaron a prender la televisión. Tal vez buscando un poco de compañía para que no los venciera el sueño, ¡con todo lo que había por hacer en aquella casa!
Escucharon la voz de Nicolás Maduro y fueron, tras las primeras palabras, despertando del letargo en el que estaban. El agotamiento, de golpe, se acabó y dio paso al estupor primero; a la tristeza, después.
Se habían conocido en Caracas, en medio de los desafíos de una misión. Estuvieron cerca de él en el teatro Teresa Carreño, la noche placentera que terminó en el primer beso. Parecía que todo lo bueno era posible.
Esa tarde, cuando la muerte ganó la partida, se miraron sin poder esperar siquiera el fin de la alocución. Se abrazaron fuerte, muy fuerte y comenzaron a llorar.

                                                                                     II
Marta supo que no eran buenas noticias desde la sala de su casa, atendiendo especialmente cada detalle de los partes médicos. Con fiebre, entubado... Eso, y la cara de preocupación de sus colaboradores, "los ojos de quienes duermen poco", como decía su mamá, también muerta de cáncer, años atrás.
En cuanto notó a tanta gente en el parte médico supo que venía la mala noticia. Sintió pena por todos en esa familia, "siempre tan unidos que se les veía". Había leído una carta de nuestro Comandante, bastante reciente y el verbo de El Caballo, tan directo como su voz, fue para ella el augurio de una despedida.
"Me satisface mucho que hayas podido regresar al pedazo de la tierra americana que tanto amas, y al pueblo hermano que te apoya. Fue necesaria una larga y angustiosa espera, tu asombrosa resistencia física y la consagración total de los médicos como lo hicieron durante 10 años, para obtener ese objetivo."
En esa hora no pensó siquiera en el difunto, la verdad su primer pensamiento, como el de muchos otros cubanos, fue para Fidel.

                                                                              III
Estudiaba el primer año de la licenciatura en la Universidad de La Habana. Tenía una clase importante y casi llegaba contra reloj. De momento notó que algo estaba distinto en la concurrida colina. Y así, dejándose llevar por el paso de otros, se encontró cara a cara con Fidel. El Comandante en Jefe la saludó y ella no atinó a responder nada. Se quedó muda. El mítico rebelde le sonrió, hasta le preguntó de dónde era y ella ahí, tiesa, como clavada en medio del pasillo.
Con el barbudo andaba otro hombre. Se veía más bajito y también lo preguntaba todo. Iba a dar una conferencia en el aula magna y estaba primero recorriendo el recinto, escuchando su historia, contada nada menos que por el más fiel de sus estudiantes.
Fue él, el visitante, quien escuchó sus respuestas cuando ella le dijo a un Fidel que ya estaba lejos, atendiendo a muchachos más atrevidos: "Yo soy de Las Tunas, me llamo Yanni". Y entonces el extraño se volvió, le dio un beso y le dijo: "Yo me llamo Hugo Rafael Chávez. Soy de Venezuela". Y siguió andando, sin parar de sonreír.

Visto 2735 veces Modificado por última vez en Lunes, 05 Marzo 2018 17:18

Escriba su comentario

Post comentado como Invitado

0
  • No comments found