
Las Tunas.- Aliuska respiró el miedo durante décadas. A sus 50 años, el eco de los gritos y la sombra de las amenazas formaban parte de su vida familiar. Su primera huida, cuando su hija apenas tenía 9 años, fue un intento sofocado por el pánico a perder a su niña, un miedo que su agresor usaba de manera perfecta.
Un día se llenó de valor, sin recoger mucho para no llamar la atención, acomodó algunas de sus pertenencias y se fue. Ya su hija pasa los 20 años y entiende que su mamá no está segura, que su papá no es ese guardián que ella siempre idealizó. Ahora vive en otra provincia, trabaja, por primera vez en lustros sale con amigas, ríe libremente. Es feliz y no teme por su vida.
Este gozo llegó de la mano de su hija. Su retoño la llenó de valor, la empoderó, le abrió las alas. La visita es más el tiempo que está en la carretera detrás de su mamá, que el que pasa en su propio hogar, aun cuando ya está casada y tiene responsabilidades. Siente que es la guardiana de su madre, a quien debe mantener a salvo.
Luisa, por su parte, enfrentó el desgarro de una separación que fracturó la cotidianidad con sus hijos adolescentes. Ellos decidieron quedarse con su padre tras el divorcio, una decisión que añadió capas de dolor a años de maltrato.
Por un largo período, el silencio y la sonrisa detrás del desespero de no saber qué hacer fueron su coraza. Es mujer, es víctima y lo sabe. Sus hijos la visitan, en la actualidad viven unos días con ella, otros con el padre; ahora tienen dos casas y entienden las decisiones que tomó mamá.
No fue fácil, pero ya consolida una nueva vida, un compañero que la apoya y respalda en cada decisión, en cada noche de preocupación. Ahora todo es compartido.
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La violencia de género no es un episodio aislado; es una cadena de silencios, miedos y heridas que se enreda en el alma y el hogar. Romperla requiere una fuerza titánica, a menudo encontrada en el amor por los hijos, en un destello de dignidad redescubierta o en una mano extendida en el momento preciso.
Constituye nuestra provincia una de las de mayor índice de violencia contra la mujer. Ante tal amenaza, un marco legal e institucional, aunque en construcción y frente a enormes desafíos, busca tejer una red de protección.
DEL RECONOCIMIENTO A LA ACCIÓN CONCRETA
Estas historias no ocurren en un vacío. Se desarrollan en un contexto donde la legislación cubana ha dado pasos significativos para nombrar, tipificar y combatir la violencia intrafamiliar y de género. Aliubis Fernández González, directora de la Unidad de Bufetes Colectivos en Las Tunas, explica que el Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres en Cuba (PAM) establece una política de Estado, que se traduce en acciones institucionales.
“Cuando hablamos de violencia, pensamos que la única forma es la física, pero es importante visibilizar otras modalidades: psicológica, en línea y la intrafamiliar, que puede darse en cualquier dirección dentro del núcleo doméstico.
“El nuevo Código de las Familias, que sustituyó a una normativa obsoleta, representa un cambio radical. En la nueva ley se habla de violencia y no solamente de género, sino también de violencia intrafamiliar. Esta codificación es crucial, ya que viene a definir concretamente qué es la violencia, sus subtipos y manifestaciones, lo cual es el primer paso para su judicialización y sanción”.
Fernández González expone un ejemplo cotidiano y normalizado de violencia económica y psicológica, y es aquel en el que la mujer, dedicada exclusivamente al hogar y al cuidado, ve cómo se invisibiliza su trabajo no remunerado.
“Se ha creído que ella nunca ha logrado traer nada a la casa, lo que destruye su autonomía y derecho a opinar. El nuevo Código, sin embargo, le otorga derechos claros en caso de divorcio, como la compensación económica o una pensión alimentaria temporal si no tiene medios de subsistencia propios. Esto no es solo una reparación económica, es un reconocimiento legal del valor de su faena y un golpe a los estereotipos de género”.
ACOMPAÑAMIENTO, PROYECTOS... UN REFUGIO
De la ley a la práctica media la efectividad de las instituciones en el territorio. Yudith Acosta García, ideológica de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en la provincia, reconoce la gravedad del problema. Ante esta realidad, señala que los mecanismos de atención están creados.
“La puerta de entrada para la mayoría de las víctimas son las casas de Orientación a la Mujer y la Familia, presentes en los ocho municipios. Allí, las trabajadoras de la FMC ofrecen el primer asesoramiento y, lo más importante, acompañamiento.
“El paso inicial es acudir a la estación de la Policía; nosotras les brindamos toda la guía, el estar con ellas en el proceso. Algo puede suceder en este tipo de casos y es que la víctima, durante la tramitación, sea intimidada y revictimizada”, señala.
Actualmente, en nuestra provincia se desarrollan dos proyectos claves centrados en la ayuda a todas las víctimas que acudan a esta organización en busca de guía. El más innovador pretende la creación de un centro de acogida para víctimas de violencia. “Este espacio se enfocará en una de las fallas más peligrosas del proceso: el regreso de la mujer al hogar tras la denuncia, donde queda expuesta a represalias.
“Buscamos que ellas, al entrar a esta institución, se sientan seguras. Pueden permanecer hasta 72 horas, junto a sus hijos, recibiendo apoyo psicológico y social, mientras las autoridades actúan contra el agresor.
“El otro pilar es el proyecto No Más, que busca integrar en un mismo sistema a todas las instituciones involucradas (FMC, Policía, Fiscalía, Dirección Provincial de Justicia, Educación y Salud). La idea es que la mujer no tenga que peregrinar de una oficina a otra, sino que encuentre una ruta de atención coordinada. Debemos tener en cuenta que, en ocasiones, ellas llegan con los hijos, por eso tenemos todo este acompañamiento”, recalca la integrante de la organización femenina.
El seguimiento posterior, con dinámicas familiares y visitas a los niños en las escuelas, completa un modelo que aspira a no dejar solas a las víctimas después del trauma inicial.
La lucha contra la violencia de género es una carrera de fondo. Requiere leyes valientes como el Código de las Familias, pero también de la formación continua de los operadores, sensibilidad social para desterrar estereotipos y, sobre todo, la creencia firme en la palabra de la mujer. La meta, lejana, pero clara, es que ninguna cubana necesite “llenarse de valor” para huir, porque el miedo habrá dejado de ser parte de su hogar.

