
Las Tunas.- Los monumentos son mucho más que piedra o bronce elevados sobre un pedestal. Son la memoria hecha materia, el ancla que impide que el pasado se disuelva en el olvido. Cada estatua, cada busto, cada placa conmemorativa cuenta un relato que no pertenece solo a los libros de texto, sino a la experiencia viva de una comunidad.
Son testigos de gestas, sacrificios y victorias; símbolos que unen a generaciones en torno a un relato común. Cuidarlos no es un acto de nostalgia, es un ejercicio de responsabilidad histórica. Sin ellos, nuestra identidad se vuelve difusa, desprovista de los rostros que nos recuerdan quiénes fuimos y por qué estamos aquí.
Por eso, el pasado domingo 7 de agosto, cuando el busto de mármol blanco del general Antonio Maceo, ubicado en el parque que lleva su nombre en esta ciudad capital, fue objeto de un acto de vandalismo, no solo se dañó una escultura, fue un gesto brutal que, en pocos segundos, borró décadas de presencia simbólica.

Ahora se atentó contra la imagen de un adalid de nuestra historia. Y aunque algunos coinciden en que este hecho está ligado con los tiempos en los que vivimos, debemos ser conscientes del daño al patrimonio monumental de la provincia que significa.
Algunos dirían que ese busto que hoy yace dañado, el del Titán de Bronce que acumuló 26 heridas de campaña a lo largo de su vida y que fue bautizado así por su resistencia física y moral, ha resultado más frágil que el hombre que la inspiró.
Como mismo la restitución de la pieza de mármol se realizará en una ceremonia pública, también debería hacerse pública la responsabilidad de quienes cometieron semejante acto.
La roca con rostro de héroe se restaurará. El busto volverá a su pedestal. Pero si la memoria solo se activa ante la agresión y olvidamos en la rutina, el verdadero desafío no es reparar la piedra, sino reconstruir el pacto social que convierte a un monumento en patrimonio compartido.
Cada golpe a un símbolo nos recuerda que la historia no está garantizada, sino que debemos defenderla cada día. Y esa defensa no es tarea de unos pocos, sino responsabilidad de todos los que, como el hijo de Mariana Grajales, saben que la dignidad de un pueblo también se mide por el respeto que rinde a sus próceres.

