

Las Tunas.- La primera vez que Damián Ernesto Rodríguez Rondón perdió a un bebé no estaba preparado. Nadie lo está. Tenía poco tiempo como enfermero, el título recién estrenado y esa confianza peligrosa de quien cree que el conocimiento lo protege de todo. Pero la Medicina no avisa cuándo te va a mostrar su cara más cruel.
Era un bebé a término. La madre había llegado con preeclampsia, una condición que los médicos monitoreaban de cerca. De pronto, todo se descontroló. Eclampsia. Convulsiones. La sala se llenó de voces, de órdenes, de carreras. Damián era el enfermero circulante, el que asiste al médico, el que alcanza los instrumentos, el que sostiene la escena para que otros puedan actuar.
Hicieron la cesárea con la rapidez que exige una emergencia. Pero el bebé no logró sobrevivir.
"Eso me deprimió", dice hoy, con la voz todavía baja, como si el recuerdo pesara. "Me marcó mucho".
Esa noche Damián llegó a su casa llorando. No era una lágrima contenida, era el derrumbe de quien descubre que la profesión que eligió también tiene un precio emocional que nadie te advierte en el aula.
"Llegué mal, deprimido. Allí le conté a la madre de mis hijas, recuerda. Ella lo escuchó, lo comprendió. No había mucho más que hacer. A la mañana siguiente había que volver al hospital, ponerse el uniforme y seguir.
"Esa es la primera prueba grande que te ponen", reflexiona. "Porque aquí hemos tenido varias urgencias, pero han salido bien. Esto te va fortaleciendo, te va forjando, pero sí, me marcó mucho".
De camillero a enfermero: un camino que nadie le regaló
Lo que muchos no saben es que Damián no llegó a ese salón de partos con un título bajo el brazo. Llegó cargando camillas.
En 2018, recién llegado del municipio de Colombia y con dos niñas pequeñas que mantener, trabajaba en Pastos y Forraje. Los salarios eran bajos. Cuando supo que había plazas en el hospital Ernesto Guevara, no lo pensó. Empezó como CBP, controlando el acceso en plena pandemia de covid-19.
"El público quería subir y no podíamos permitirlo para evitar la conglomeración. Era con nasobuco, muchas personas me faltaban el respeto porque querían subir en chor, en chancletas, sin nasobuco", cuenta. "Incluso un día me busqué un problema. Eso como que me fue decepcionando".
Buscó escapar de esa presión. Le pidió ayuda a Nauri, jefa de área de la Maternidad en ese momento, para conseguir una plaza de camillero. Pero lo que pudo conseguir fue de auxiliar B: limpiar cristales y persianas.
"Dije, bueno, sí, ¿por qué no? Vamos a empezar más tranquilo", dice con una sonrisa.
A la semana, un camillero dejó su puesto. Damián se incorporó. Y ahí, entre pacientes que entraban y salían del salón de partos, empezó a mirar con otros ojos su futuro.
La curiosidad que lo cambió todo
"Me le fui apegando mucho a las enfermeras. Había algunas que me pedían ayuda porque se empezaron a ir muchas de baja. Me decían: Damián, ayúdame a movilizar a esta paciente, alcánzame aquello", relata.
Él preguntaba todo. Qué medicamento era ese, para qué servía, qué reacciones podía tener. Las enfermeras le respondían. Un día, la licenciada Yaimara le pidió que la ayudara a presionar el brazo de una paciente para canalizarle una vena.
"Yo le dije: 'Yaimara, yo quiero canalizar venas. ¿Tú me enseñas?'", recuerda. Ella le dijo que había que pedirle permiso al médico. Lo hicieron. El médico aprobó. Damián canalizó su primera vena con el proceder correcto: la asepsia-antisepsia, la torunda de alcohol, la torunda seca.
"Eso fue un solo pinchazo. Le canalicé perfectamente la vena y me fui motivando mucho más".
De ahí pasó a circular partos. La jefa de turno, ante la escasez de enfermeras, le enseñó bajo supervisión médica.
Luego Damián le comentó al profesor Jesús, jefe de estudiantes del hospital, que quería estudiar Enfermería. El profesor anotó sus datos y le prometió tenerlo en cuenta. Meses después, lo buscó para darle la noticia: estaba aprobado para el curso básico de Enfermería, liberado de sus funciones y cobrando el 100 por ciento de su salario.
"Yo me puse contento enseguida. Estaba logrando lo que tanto anhelaba", confiesa.
El orgullo de un primer parto
Si la pérdida del bebé le mostró el lado más oscuro de la profesión, su primer parto le devolvió la luz.
"Los médicos estaban todos ocupados. Ese día se acumularon cinco partos al mismo tiempo y me tocó hacer uno", cuenta con evidente orgullo. "Tuve que hacer la episiotomía, se la suturé muy bien. Me fui satisfecho de que aporté algo, que hice algo bien".
Hoy, Damián cursa el primer año de la licenciatura en Enfermería. Quiere especializarse en Ginecobstetricia o Anestesia. "Pienso terminar mis cuatro años, pienso ser licenciado y, posteriormente, si me lo aceptan, hacer una especialidad".
Damián sabe que su historia no es común. Sabe que muchos lo miraron con desdén cuando era camillero. "En ocasiones me hicieron como que deprimir. Dijeron: '¿Cómo un simple camillero puede hacerse enfermero?' Y yo les dije: 'Todo está en el querer superarse'".
Su familia, que nunca tuvo vínculos con la Medicina -su padre es chofer, su madre maestra-, hoy se siente orgullosa. "Soy el único en mi familia que se ha inclinado hacia la Salud".
Y para quienes hoy cargan camillas, limpian pisos o cuidan puertas, tiene un mensaje claro: "Que no se sientan menos que nadie. Que aunque sean camilleros, auxiliares, CBP, todo el mundo puede alcanzar y lograr lo que se proponga".
Damián Ernesto Rodríguez Rondón aprendió que la Medicina no solo se trata de salvar vidas. A veces se trata de acompañar el dolor, de llorarlo en silencio y de levantarse al día siguiente para intentarlo de nuevo. Esa lección, la más difícil, es la que hoy lo sostiene.

