Lunes, 06 Agosto 2018 06:14

Dúo de alto riesgo: calor y alimentos

Escrito por Misleydis González Ávila y Graciela Guerrero Garay

Las Tunas.- Laudelia Pérez es una de esas abuelas que la familia adora, pero a la vez tildan de extremista y quisquillosa por sus constantes advertencias sobre la cercanía del peligro. No deja de alertar que el verano trae "males de barriga y hay que ver bien qué se come por ahí". Y mucha razón le asiste a su precavida sabiduría.

La Organización Mundial de la Salud señala que las enfermedades transmitidas por los alimentos son generalmente de carácter infeccioso o tóxico, causadas por bacterias, virus, parásitos o sustancias químicas que penetran al organismo a través del agua o alimentos contaminados. De ahí que este sofocante calor pueda descomponer cualquier comida o merienda incorrectamente elaborada o conservada, sin notarse siquiera.

Recientemente, una señora lamentaba haber consumido, junto a sus dos hijos, unas hamburguesas que "sintió un poquitico pasaditas". De los tres, la niña fue quien se intoxicó y, por suerte, no tuvo consecuencias graves. Después del mal rato, tomó conciencia plena de su actuación; comprometió la vida de los muchachos y la propia.

No son pocos los individuos que subestiman los riesgos y desobedecen las alertas sanitarias. Existe quienes reprochan el trabajo de los inspectores cuando decomisan los productos, imponen multas o cierran establecimientos estatales y privados por violar la higiene, así como los métodos del proceso de elaboración y/o conservación de los surtidos.

Sobre el particular, especialistas tuneros indican que el problema se crea, casi siempre, porque las comidas las preparan por la madrugada para ir de viaje a la playa o excursiones diversas. En tanto, las ingieren varias horas después y, a veces, se minimiza el hecho de que están descompuestas, como sucede con el arroz, carnes en salsas, perros calientes y pan con mayonesa, los cuales se echan a perder rápidamente.

Las consecuencias aparecen más tarde con los eventos diarreicos. Es un azote mundial y datos de la OMS señalan que anualmente estas enfermedades, ocasionadas por transmisión alimentaria o hídrica, causan la muerte de alrededor de dos millones de personas, la mayoría niños.

Por tal razón, jamás será arbitrario incrementar las exigencias de control con la venta de alimentos en los meses veraniegos, así como extremar la vigilancia en los centros de elaboración y almacenamiento. Otro detalle vital es observar las fechas de caducidad y la conservación, manipulación y aspecto de las ofertas ambulatorias. La precaución vale igual para los dulces, sobre todo, porque el huevo y el merengue son muy vulnerables a las altas temperaturas.

No menos importante resulta la desinfección del agua; con las lluvias incrementa el riesgo de su contaminación. En casa debe hervirse y añadir tres o cuatro gotas de hipoclorito de sodio a cada litro del vital líquido. Durante el período estival también recomiendan mantenerse hidratado; un pomo de agua es ahora la mejor compañía en las salidas.

Las manos son la puerta de entrada de muchos males. Lavarlas bien con abundante agua y jabón evita disímiles complicaciones. En otras palabras, depende de la responsabilidad individual y la conciencia familiar no enfermar en una temporada en la que el medio ambiente puede significar un aliado y a la vez un enemigo potencial de la salud.

Lo mismo sucede con las dolencias respiratorias, apuntaladas por los cambios de temperaturas. La piel es otra zona vulnerable. Exponerse a los rayos solares sin protección, puede ser irreparable. Se suman  los hongos y los diversos padecimientos que traen consigo. Las picaduras de insectos deben evitarse a toda costa.

Las crudas señales del cambio climático y todo lo que repercute sobre el bienestar de las personas requieren de actitudes maduras y acciones responsables, fundamentalmente en los núcleos en los que viven niños, ancianos y embarazadas. No por gusto el Ministerio de Salud Pública (Minsap) llama a la precaución.

La abuela Laudelia tiene mucha razón: hay que cuidarse, ver bien qué y dónde se come, sin dejar de disfrutar a plenitud el descanso que necesita el cuerpo y la mente. Esta advertencia constituye la mejor inversión que podemos hacer en el verano.

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